Banco Santander gana 3.501 millones en el primer semestre, un 21% menos, y su morosidad en españa pasa al 4,81%
Casi la mitad de los españoles teme quedarse en paro según funcas
Una hormiga, o dos o tres, pueden hacer algo pero muy poco. Muchísimas hormigas, con un mismo interés, forman la marabunta que todo lo puede si se lo propone.
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La derecha española, o muchos de quienes mandan en ella, no está dispuesta a arriar sus banderas de siempre. Y sobre todo la del orgullo de haber ganado una guerra civil que acabó con la anti-España. Más allá de las loquinarias tesis sobre el particular que algunos de sus corifeos de cámara han defendido estos días o del artículo sobre Franco que la Academia de la Historia incluyó en su diccionario, lo que distingue a nuestros conservadores de los del resto del mundo es su voluntad decidida de que uno de los cimientos de su ideología sea un pasado espantoso, que cualquiera de esas otras derechas trataría de ocultar o disfrazar. Hace unos años, el PP buscó otras opciones. Trató de convertir a Cánovas del Castillo en el precursor de su andadura en la democracia actual. Luego Aznar dijo que no había que tener complejos y aquello quedó olvidado: la derecha no tenía por qué renunciar al franquismo. Y el día en que los perdedores de la guerra se atrevieron a pedir que les dejaran enterrar a sus muertos, dio un nuevo salto cualitativo. No solo se negó a hacer la mínima concesión en esa materia, sino que, envalentonada por haber logrado que el PSOE aguara la ley de la memoria histórica y que Baltasar Garzón pagara por haber osado enmendar ese error por la vía jurisdiccional, ahora están sugiriendo que quienes tienen que arrepentirse por la guerra son los otros. No está descartado que más adelante les echen la culpa de las barbaridades de Franco. El partido que dentro de unos meses ocupará el poder tiene esa seña de identidad. No hay que temblar por ello, pues no parece que a estas alturas, y con la que está cayendo, la guerra civil y el franquismo vayan a ser asuntos destacados de la agenda política. Pero saber que quien gobierna piensa así es inquietante. Periodista
19/07/2011 JOSÉ LUIS Trasobares
La cosa se puso fea de verdad el 19 de julio. Hace 75 años, sí. ¿Demasiado lejano? ¿Un margen temporal que aconseja el olvido? ¿Por qué se agitan las pasiones cuando en el Telediario aparecen imágenes de la Guerra Civil, se repone la película Dragón Rapide (fabuloso Juan Diegoen el papel de Franco) o Telemadrid dramatiza a su estilo el asesinato de Calvo Sotelo?
El 19 fue cuando sacaron los cañones a las calles de Zaragoza y se declaró el Estado de Guerra. Empezaron las detenciones, mientras las centrales sindicales declaraban la huelga general y los más bragados de las izquierdas intentaban oponerse al golpe con sus pistolas Furor o Astra. Fue tal día como hoy cuando la República vió que perdía Zaragoza a manos del general Cabanellas y aún envió aquí al también general Nuñez de Prado, héroe de Africa, que luego sería fusilado por quienes decían ser sus compañeros.
¿Tiene sentido que recordemos estos hechos? Bueno, los países democráticos conmemoran cada año (y más cuando el aniversario hace una cifra redonda) el desembarco de Normandía. A los actos con tal motivo incluso acuden representaciones oficiales alemanas, porque en Alemanía se asume que durante la II Guerra Mundial su país estuvo en la bando equivocado, en el de los malos. A nadie le extraña todo esto, ni que Francia celebre la liberación de París o que Rusia haga lo propio con los hitos de su terrible lucha contra la invasión nazi. Fechas anteriores (la toma de la Bastilla, la proclamación de la independencia norteamericana) son fiestas nacionales. La historia, amigos, debe recordarse.
Lo que pasa en España es que aquí, a contrapelo del resto de Europa, perdieron los buenos. Entiéndanme, en una guerra nadie actúa guiado por la bondad y las atrocidades están a la orden del día, pero a menudo hay un bando que merece más la victoria porque está guiado por mejores razones e ideales. Por eso Alemania o Japón, como digo, aceptaron los valores y el punto de vista de sus enemigos. Aquí, ni siquiera la llegada de la democracia permitió poner las cosas en su sitio. Arrastramos una disfunción que nos perturba y nos impide volver página. Y van 75 años.
